¿Por qué votan los que votan?
Tu postura política habla mucho de ti. No es solo una opinión: es el reflejo de tus valores y de tu capacidad de empatía.
Preferir votar por una persona que avala el asesinato y la tortura, que menosprecia los derechos humanos, de las mujeres y de los animales, amparándote en la promesa de una “mejor economía” —que además no es cierta—, habla de una desconexión profunda con lo humano.
El texto de arriba se encuentra en una imagen posteada en Facebook.
Votar es un tópico común en casi cualquier sociedad moderna y occidental, concretamente lo es en México. Todos aquí adquirimos el derecho de ejercer el voto luego de los 18 años. A partir de ese momento podemos formar parte de aquellos que rayan un papel lleno de nombres cada tanto. Los papeles resultantes de esto atraviesan un proceso de conteo, luego del cual se dictamina un ganador. Esto es, a grandes rasgos, lo que ocurre. Todo lo demás que digamos en torno a unas votaciones es una interpretación que puede ser más o menos válida, formal, aceptada o cercana a la realidad. En concreto, en este micro-ensayo, me voy a enfocar en el aspecto político.
Siendo las elecciones el elemento común que son a todos nosotros, no es trivial preguntarnos qué motiva que alguien elija una cosa u la otra. En concreto en lo político, nos debería interesar que las personas elijan libremente lo que más convenga con sus intereses. Esperamos que los resultados de una jornada electoral reflejen la conveniencia de la mayoría. Si asumimos que esto ocurre, es razonable pensar que quienes votan a tiranos, asesinos, torturadores o violdadores de los derechos humanos son, en consecuencia, sus cómplices.
Ahora bien, es ingenuo creer que esto ocurre y deberíamos de reconocer el problema que implica el hecho de que no sea así. En general, las personas votan por un sinfín de razones que no responden a sus mejores intereses. Votar, como cualquier otro acto humano, responde a un contexto social, cultural y económico que vicia la toma de una decisión informada. Cuando una persona sufre de pobreza extrema, instrumentalizar su voto para conseguir comida o algo de dinero en efectivo parece más razonable que votar libremente por un candidato. Cuando una persona no dispone del background educativo necesario para entender lo que se dice en un debate presidencial, no es capaz de tomar una decisión informada. Cuando una persona sufre de explotación laboral, no dispone de tiempo libre para sopezar su decisión. Asumir que las personas toman siempre una decisión libremente informada respecto a su decisión electoral es asumir que no sufren explotación, pobreza o marginación. En síntesis, es asumir que México no es lo que claramente es: un país de pobres.
Un problema adicional con las ideas en ese texto es la aparente asunción de que hay alternativa. En general no es el caso que exista una mejor elección clara en un ejercicio electoral. La mayoría de veces existe un profundo gatopardismo entre los distintos candidatos a cualquier posición que impide distinguir una clara mejor opción. Casi nunca un candidato se presenta como asesino, torturador o demás. Casi nunca es claro que existe una elección más correcta que otra. Incluso aquellas personas que gozan de una buena educación tienen problemas en elegir a la mejor candidatura. Todo esto se suma al hecho de que el cómo un estado se comporte no depende tanto de un solo candidato sino de toda una infraestructura compuesta por leyes, poderes, servidores públicos, sistemas tecnológicos, relaciones internacionales y demás factores. En general, los estados cambian para permanecer iguales.
Quienes tienen el privilegio de tener una postura política, quienes pueden pensar detenidamente en quién votar, o si les place votar, harían bien en asumir que son la excepción. El escenario en el que las personas votan a partir de una identidad política bien formada no es aquel en el que vivimos. En general, votar es muchas cosas, casi nunca un reflejo de la identidad o de los valores personales, casi siempre un acto reflejo, un instrumento económico, un móvil de capital social o una herramienta de castigo al partido que ostenta el poder. Esto no es un error de cómo funciona la democracia, es la forma en la que está diseñada. El poder que se legítima por la elección popular nunca debe de asumir que está legitimado también por la opinión popular, estas dos cosas están necesariamente separadas.
Hay en torno a esto, desde luego, muchas discusiones interesantes que no pertenecen a esta discusión. Cabría preguntarse qué hacer al respecto, hay quienes sugieren que los pobres no deberían votar porque siempre lo harán necesariamente mal (te veo en el infierno, Vargas Llosa). Otras mil cuestiones que quedarán pendientes.